ME COMPRÉ UN ABRIGO LARGO.

Había fracasado en casi todo. En todo. Hasta en lo más mínimo.

Entonces decidí ser poeta. Me compré un abrigo largo. Una boina.
Lentes. Unos zapatos raros. Puse cara de melancolía. Me convertí en
poeta. Profesión: Poeta. En los lugares más inverosímiles me presentaba
como “Poeta”. Y así fue acrecentándose mi fama. Ahí va el poeta.
¡Hola, poeta! Cómo le va, poeta. Usted qué opina, poeta. Hasta que un
día conocí a un verdadero poeta. Una mierda de tipo. Entonces decidí
ser sicario. Es una lástima. Pero todos mis trabajos no me conducen
a ningún poeta. He matado a mujeres infieles. Hombres cornudos.
Problemas de herencia. Narcos que se quedan con todo el alijo. Esposas
de ministros y subsecretarios. Y un largo etcétera. Pero nunca nadie me
pidió matar a un poeta. Será de Dios o del diablo. Será –posiblemente–
que nadie los quiere. Que nadie los odia. Ni siquiera vivos. Ni siquiera
muertos. Yo que con tanto placer y ardor hubiese disparado a Neruda.
Degollado a Whitman. Cortado en pedacitos a Dylan Thomas. Ahora
no me queda más que ir por el mundo matando gente inocente.

HUGO VEGA MIRANDA

De “Inmaculada decepción”
Fundación Editorial El Perro y La Rana (2016).

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