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Lo cortejan escribanos y borrachos,

lo recitan las damas blancas

que cuentan el número de sílabas

en sus frágiles collares de granizo,

lo diseccionan como a un cadáver

en la academia de la lengua,

lo memorizan los idiotas

que lo exhiben como a un perro de lujo

en las pasarelas

y en los grandes salones del verano,

lo rasgan los poetastros envidiosos

o le alteran sus fases,

lo guardan en cofres las viudas

que se abanican con plumas de ángel,

lo portan los pederastas

como si fuera una violeta en el ojal

y párrocos y sacristanes

lo remiten al limbo

por el correo certificado de Dios.

El verdadero poema

sobrevive a tan fúnebre cortejo.

JUAN MANUEL ROCA.

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