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SUR-Realistas

Me autocelebro como un dios al que ya nadie le cree

¡ASOMBROSO QUE A UN CHÓFER DE AUTOBÚS LE GUSTE LA POESÍA DE DICKINSON!

 

¿Les había pasado por la cabeza un autobusero, que al mismo tiempo es poeta,  película, libro y ciudad?, no verdad, a mí tampoco. Esto solo es posible gracias a Jim Jarmusch, que nos reta en cada uno de sus filmes hasta llevarnos al delirio que causa la imaginación. El controvertido director de cine independiente estadounidense, emparentado con el frugal finés Aki Kaurismaki,  por sus  maneras de narrar y estéticas bien particulares, sí que saben contar historias, con la excepción de no ser cualquier historias: son poemas visuales.

 

Paterson es una gran metáfora a la cotidianidad, la sencillez, el día a día,  la calle donde se recoge la verdadera alma del estadounidense. Ocho días para escenificar  un maravilloso poema que lleva el nombre del libro/personaje/ciudad,  con un hombre orquesta: William Carlos Williams, acá se inician las causalidades /casualidades de ese mundo donde Jarmusch nos invita a soñar.

 

William nacido en New Jersey (Rutherford),  es uno de los más auténticos poetas norteamericanos principal impulsor del “Imaginismo”,  creado por el también rapsoda Ezra Pound. Cultivo el verso libre con una trasparencia inaudita, optando por emplear el habla coloquial y nutrirse de las experiencias de su entorno hasta un punto sensorial y perceptivo ajeno a la influencia de la  literatura europea. Paterson es un largo poema constituido por cinco volúmenes escritos durante casi veinte años.

 

La cinta se desarrolla en la localidad de Paterson (New Jersey), lugar donde Williams ejercería  como médico pediatra, cuentan que terminó escribiendo poemas en el reverso de sus recetas. Adam Driver (Paterson,) representa a un modélico chófer, vive con su esposa (Laura) personificada por la actriz iraní radicada en Francia Golshifteh Farahani. Una curiosa ama de casa que sueña con ser una reconocida artista de música Country,  quiere emprender un negocio de ponquecitos y tiene una fijación con el  blanco y negro. Ambos viven en una acogedora casita junto a un malhumorado bulldog inglés llamado Marvin.

 

Hasta acá todo bien, parecen ser una pareja normal de enamorados. Laura  inquieta, optimista siempre con algo en mente. Paterson un silencioso chofer que escribe poemas durante sus pausas en el trabajo, en el sótano de su casa, frente a la caída de agua del río Passaic, emblema de la ciudad.  Me hace pensar en los personajes de JJ. Un samurái asesino que práctica filosofía zen, un don Juan ido a menos que lo asaltaron las dudas de la paternidad. Ese es el enigmático mundo Jarmusch.

Sus días trascurren en los vaivenes de la convivencia de pareja. Laura es un sueño, le contabilice de hecho dos. Ella sueña con los ojos abiertos y cerrados. Paterson hace su ritual después de despertar abrazado al sueño: Laura. Desayuna, manipula una caja de fósforos que terminara siendo un poema, sale al trabajo y antes de iniciar la jornada escribe en su “libro secreto”, después de las interminables quejas de Donny,  un amigo del trabajo.

 

El itinerario de Paterson se nutre de las frecuentes visitas a un bar  donde conversa con su encargado sobre las tragedias Shakesperianas,  ver  famosos que nacieron en New Jersey en sus paredes con Allen Ginsberg  y el mismísimo WCW a la cabeza en fin, realiza  paseos nocturnos con Marvin hasta encontrarse a nada más y nada menos que “Method Man”, de los conocidos Wu Tang Clan tarareando un rap  en una lavandería.

 

___¿Es un poeta en Paterson, New Jersey?

 

___No, soy un chofer de autobuses, solo un chofer de autobuses

 

___Es muy poético, podría ser un poema de William Carlos William.

 

Su periplo por las calles que llevan su mismo nombre tras el volante del autobús, trascurren  bajo su escrutadora mirada donde se refleja lo que Gabriel Rodríguez, traductor de 20 poemas de William Carlos William, al español  por el Fondo Editorial Fundarte, dice en la presentación: “William demostró que no hay temas (poéticos), así como demostró también que la poesía no está hecha de grandes palabras, de pensamientos profundos o de ideas brillantes”.

 

Él, Paterson, es un poema y la ciudad una gran oda a la espontaneidad, de ahí el diálogo que antecede cuando se le acerca un poeta japonés, con una traducción del libro de WCW, y lo interroga sobre la ciudad, si conoce al gran WCW, y finalmente si es un poeta. Paterson respondió que era solo un chofer y el asiático que tenía una traducción del gran WCW. Como buscando alguna conexión dice: “La poesía traducida es como… tomar una ducha con impermeable”.

Todo esto circunscrito en una complicidad poética, es la vida manifestándose en su más amplia armonía “sin que las dudas se agoten”. El poeta-autobusero, hace uso de esa máxima de WCW: “en el arte el único realismo es el de la imaginación”, es un llamado a la creación, un hacer colectivo,  lo que Juan Calzadilla llama el pensamiento prestado.

 

La materia prima es una caja de fósforos, la conversa de dos estudiantes sobre un anarquista italiano que vivió en Paterson, una niña poeta que lo sorprende con un sublime texto que le deja vibrando los primeros versos hasta el punto de repetírselos a Laura durante la cena. Esta misma niña con su respectiva gemela antes de irse le dice:

 

___¿Te gusta Emily Dickinson?

 

A lo que Paterson contesta:

 

___Es una de mis poetas favoritas

 

___¡Asombroso que a un chófer de autobús le guste la poesía de Emily Dickinson!

 

 

 

 

 

Causalidades /casualidades del enigmático mundo Jarmusch

 

Las gemelas es un elemento reiterativo y se reafirma con la insistencia de Laura en intentar que el poeta-camionetero, edite sus poemas o por lo menos saque algunas copias con el argumento de percibir semejanzas de Paterson con algún poeta famoso. Ya en la mencionada cena Laura, le hablo del poeta Petrarch, quien escribió una obra llamada “El libro secreto”, tal como el personaje llamaba su libreta inspirado en una muchacha también llamada Laura.

 

Esa naturalidad que signo WCW, es la que ha logrado Jarmusch, lejos de la pedantería y competencia atroz que en la actualidad caracteriza el gremio. Con Paterson lejos de referencias fílmicas y musicales casi que una constante en el cine de  Jarmusch,  en esta ocasión son evidentemente  literarias. Sus personajes encarnan poemas en sí, y más allá de retoricas está significando la nada, la rutinaria vida de un chofer de buses, su esposa y mascota.

 

Con una sobria  iluminación donde predominan las sombras, los contraluces, los movimientos pausados de cámara y un sonido que raya en el silencio JJ, ha creado una atmosfera poética, es decir no ha hecho una película, hizo un poema.

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RITORNELLO


Hoy amanecieron bien hermosas las mujeres
Hermosas amanecieron todas las mujeres hoy
Hoy es un viernes de hermosura
Y yo ando loco de contento de este hoy
Porque voy hacer el amor con la más bella
De todas las hermosas mujeres de hoy

Víctor “El Chino” Valera Mora

COMPROMISO CON LA ALEGRÍA

Cuánta dulzura para adrizar la noche, y este ramo de actinias
hacia piedras lamidas, de consolación;
piedras, fondeaderos de tiempo sur.
De mujer que atestigua vaivén de cefeidas
por entre relampagueos de mangles.
De mujer que ofrece cimófanas, clemátides
solo para restablecer, Islas, el compromiso con la alegría.
Ana Enriqueta Terán
Del libro de los oficios (1975)
En el Centenario de su natalicio

AVENGERS: INFINITY WAR Y LA GUERRA SIMBÓLICA

La interdependencia se hizo selfie, tbt, actualización de cualquier red social el pasado 23 de abril con el estreno mundial de Avengers: Infinity War, si, todas y todos tenían algo que decir sobre los quintaesencias de Marvel, tras una avasallante campaña de marketing que preparo el terreno a Disney quien hizo las veces de distribuidor.

“Los vengadores: Guerra infinita”, curioso nombre en pleno contexto de guerra fría: bombardeos a Yemen, Siria, inicio de conversaciones entre las Coreas, maniobras militares en las fronteras de Perú, Argentina, Brasil, bases militares en Panamá por supuesto supervisadas por Estados Unidos, quien como amo y señor maneja la geopolítica mundial a su antojo. La reciente declaración de Trump que pone a Venezuela como una “amenaza inusual y extraordinaria”, el inminente neoliberalismo que avanza en la región y la farsa de Santos, que ha visto en la “paz” un lucrativo negocio.

Me recordó aquella conversa con un pana que decía: “muy depinga el cine de autor e independiente, pero para entender cómo se mueven los hilos del poder, tenemos que ver cine de cartelera”, nada lejos de la realidad, cuando el cine es la principal herramienta de propaganda en plena guerra simbólica en la que estamos inmersos.

 

Hasta mi hijo asestó un “vamos a verla”, iremos le dije, consiente a lo me voy a enfrentar, la vaina me recuerda la lloradera que dejó Coco, y los consabidos lugares comunes: que bella, es tierna, muy bonita. Por supuesto tenía que venir Disney con todo su aparataje a “embellecer la muerte”, antes hasta las catrinas de Guadalupe Posada, pasaban desapercibidas, y esa mágica tradición con profundo arraigo en México “El día de los muertos”, no pasaba a ser una noticia más en el profundo y superficial océano de la información.

 

Nadie comenta que los mercenarios del mercado, intentaron privatizar esta hermosa tradición, y ante la resistencia del pueblo mexicano, no les quedo que contarnos la historia que todos sabemos bajo el escueto nombre de Coco, aunque los cómplices argumentaban “quedo bien hecha”, nadie niega los aportes técnicos, pero está claro que estos no están hechos al azar y por mero amor al arte, detrás está el imperio cultural dándonos una suave caricia.

 

El llamado es a ver todo el cine que nos pase frente a los ojos, pero mi pana, con sentido crítico, nos podemos seguir tragándonos todo la mierda que nos venden, con un discurso audiovisual caduco, lleno de efectos hipermegarrechisimos, que no nos llevan a la reflexión ni a entender en que mierda nos hemos convertido, gracias a la tecnología y los pruritos de ser los chic@s black mirror desconectados de las relaciones sociales y afectivas pero manejados todos en red.

UNA CARTA VENECIANA       

                                                          “En Venecia sería gato” Joao Luis Barreto Guimaraes                                                                                         
El profesor Bresson, maestro de biología, me pregunta qué clase de animal quisiera ser.
Se me ocurre, en recuerdo de John Donne, la pulga que mezcla la sangre a los amantes y duerme en los pliegues de la almohada tras su amorosa transfusión.
Pero me pica la duda. Quizá ratón de biblioteca, de preferencia bilingüe.
O hijo del cuervo que repite como un mantra su febril never more.
Todo menos toro de lidia en la dehesa de los muertos, ni elefante en la mira de mister Hemingway, una trágica deidad que de tanto ir de safari terminó por cazarse a sí mismo.
O quizá, por qué no, devorando la llanura solitaria, ser el caballo sin jinete del general Custer. Nunca, eso sí, un galgo que corretea en el canódromo tras la liebre, mecánica como la modernidad.
Ni ballena blanca que mastica la pata de un adusto capitán.
Ni mariposa que olvida tocada de vistosos colores su pasado de gusano.
Ni se les ocurra sugerirme reencarnar en perro de presa, en un sabueso más de la jauría que asedia a zorros e indios, a brujas y negros cimarrones.
Estoy de acuerdo con Joao.
Ser felino en Venecia, con 7 vidas para gastarlas en una ciudad imposible,
es un milagro que no merecemos los hombres..                           
Juan Manuel Roca

Infección

Bienaventurados los imbéciles,
porque de ellos es el reino de la tierra

El sol. Cómo estar sentado en un parque y no decir nada. La una y media de la tarde. Camino caminas. Caminar con un amigo y mirar a todo el mundo. Cali a estas horas es una ciudad extraña. Por eso es que digo esto. Por ser Cali y por ser extraña, y por ser a pesar de todo una ciudad ramera.

-Mirá, allá viene la negra esa.

-Francisco es así, como esas palabras, mientras se organiza el pelo con la mano y espera a que pasa ella. Ja! Ser igual a todo el mundo.

Pasa la negra-modelo. Mira y no mira. Ridiculez. Sus 1,80 pasan y repasan. Sonríe con satisfacción. Camina más allá y ondula todo, toditico su cuerpo. Se pierde por fin entre la gente, ¿y queda pasando algo? No nada. Como siempre.

(Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. Amar es desear todo, luchar por todo, y aún así, seguir con el heroísmo de continuar amando. Odio mi calle, porque nunca se rebela a la vacuidad de los seres que pasan por ella. Odio los buses que cargan esperanzas con la muchacha de al lado, esperanzas como aquellas que se frustran en toda hora y en todas partes, buses que hacen pecar con los absurdos pensamientos, por eso, también detesto esos pensamientos: los míos, los de ella, pensamientos que recorren todo lo que saben vulnerable y no se cansan. Odio mis pasos, con su acostumbrada misión de ir siempre con rumbo fijo, pero maldiciendo tal obligación. Odio a Cali, una ciudad que espera, pero que no le abre las puertas a los desesperados).

Todo era igual a las otras veces. Una fiesta. Algo en lo cual uno trata desesperadamente de cambiar la tediosa rutina, pero nunca puede. Una fiesta igual a todas, con algunos seductores que hacen estragos en las virginidades femeninas… después, por allá… por Yumbo o Jamundí, donde usted quiera. Una fiesta con tres o cuatro muchachas que nos miran con lujuria mal disimulada. Una fiesta con numeritos que están mirando al que acaba de entrar, el tipo que se bajó de un carro último modelo. Una fiesta con uno que otro marica bien camuflado, y lo más chistoso de todo es que la que tiene al lado trata inútilmente de excitarlo con el codo o con la punta de los dedos. Una fiesta con muchachas que nunca se han dejado besar del novio, y que por equivocación son lindas. Y también con F. Upegui que entra pomposamente, viste una chaqueta roja, hace sus poses de ocasión y mira a todos lados para mirar-miradas. Una fiesta con la mamá de la dueña de casa, que admira el baile de su hijita pero la muy estúpida no se imagina si quiera lo que hace su distinguida hija cuando está sola con un muchacho, y le gusta de veras. Una fiesta donde los más hipócritas creen estar con Dios, maldita sea, y lo que están es defecándose por poder amachinar a la novia de su amigo… piensan en Dios y se defecan con toda calma mientras piensas en poder quitársela.

Sí, odio a Cali, una ciudad con unos habitantes que caminan y caminan… y piensan en todo, y no saben si son felices, no pueden asegurarlo. Odio a mi cuerpo y mi alma, dos cosas importantes, rebeldes a los cuidados y normas de la maldita sociedad. Odio mi pelo, un pelo cansado de atenciones estúpidas, un pelo que puede originar las mil y una importancias en las fuentes de soda. Odio la fachada de mi casa, por estar mirando siempre con envidia a la de la casa del frente. Odio a los muchachitos que juegan fútbol en las calles, y que con crueldades y su balón mal inflado tratan de olvidar que tienen que luchar con todas sus fuerzas para defender su inocencia. Sí, odio a los culicagados que cierran los ojos a la angustia de más tarde, la que nunca se cansan de atormentar todo lo que encuentra… para seguir otra vez así: con todo nuevamente, agarrando todo, todo !. Odio a mis vecinos quienes creen encontrar en un cansado saludo mío el futuro de la patria. Odio todo lo que tengo de cielo para mirar, sí, todo lo que alcanzo, porque nunca he podido encontrar en él la parte exacta donde habita Dios.

Conozco un amigo que le da miedo pensar en él, porque sabe que todo lo de él es mentira, que él mismo es una mentira, pero que nunca ha podido –puede- podrá aceptarlo. Sí, es un amigo que trata de ser fiel, pero no puede, no, lo imposibilita su cobardía.

Odio a mis amigos… uno por uno. Unas personas que nunca han tratado de imitar mi angustia. Personas que creen vivir felices, y lo peor de todo es que yo nunca puedo pensar así. Odio a mis amigas, por tener entre ellas tanta mayoría de indiferencia. Las odio cuando acaban de bailar y se burlan de su pareja, las odio cuando tratan de aparentar el sentimiento inverso al que realmente sienten. Las odio cuando no tratan de pensar en estar mañana conmigo, en la misma hora y en la misma cama. Odio a mis amigas, porque su pelo es casi tan artificial como sus pensamientos, las odio porque ninguna sabe bailar go go mejor que yo, o porque todavía no he conocido a ninguna de 15 años que valga la pena para algo inmaterial. Las odio porque creen encontrar en mí el tónico ideal para quitar complejos, pero no saben que yo los tengo en cantidades mayores que los de ellas… por montones. Las odio, y por eso no se lo dejo de hacer porque las quiero y aún no he aprendido a amarles.

No sé, pero para mí lo peor de este mundo es el sentimiento de impotencia. Darse cuenta uno de que todo lo que hace no sirve para nada. Estar uno convencido que hace algo importante, mientras hay cosas mucho más importantes por hacer, para darse cuenta que se sigue en el mismo estado, que no se gana nada, que o se avanza terreno, que se estanca, que se patina. Rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr——————rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr———————rrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr no poder uno multiplicar talentos, estar uno convencido que está en este mundo haciendo un papel de estúpido, para mirar a Dios todos los días sin hacerle caso.

¿Y qué? ¿Busca algo positivo uno? ¿Lo encuentras? Ah, no. Lo único que hace usted es comer mierda. Vamos hombre, no importa en que forma se encuentra su estómago, piense en su salvación, en su destino, por Dios, en su destino, pero esta bien, eso no importa. ¿Qué no? Vea, convénzase: por más que uno haga maromas en esta vida, por más que se contorsione entre las apariencias y haga volteretas en medio de los ideales, desemboca uno a la misma parte, siempre lo mismo… lo mismo de siempre. Pero eso no importa, no lo tome tan en serio, porque lo más chistoso, lo más triste de todo es que UD. Se puede quedar tranquilamente, s u a v e m e n t e, d e f e c á n d o s e, p u d r i é n d o s e, p o c o a p o c o, t ó m e l o c o n c a l m a… ¡Calma! ¡Por Dios, tómelo con calma!

Odio la avenida sexta por creer encontrar en ella la bienhechora importancia de la verdadera personalidad. Odio el Club Campestre por ser a la vez un lugar estúpido, artificial e hipócrita. Odio el teatro Calima por estar siempre los sábados lleno de gente conocida. Odio al muchacho contento que pasa al lado que perdió al fin del año cinco materias, pero eso no le importa, porque su amiga se dejó besar en su propia cama. Odio a los maricas por estúpidos en toda la extensión de la palabra. Odio a mis maestros y sus intachables hipocresías. Odio las malditas horas de estudio por conseguir una maldita nota. Odio a todos ellos que se cagan en la juventud todos los días.

¿Es que sabes una cosa? Yo me siento que no pertenezco a este ambiente, a esta falsedad, a esta hipocresía. Y ¿Qué hago? No he nacido en esta clase social, por eso es que te digo que no es fácil salirme de ella. Mi familia está integrada en esta clase social que yo combato, ¿Qué hago? Sí, yo he tragado, he cagado este ambiente durante quince años, y, por Dios, ahora casi no puedo salirme de él. Dices que por qué vivo yo todo angustiado y pesimista? ¿Te parece poco estar toda la vida rodeado de amistades, pero no encontrar siquiera una que se parezca a mí? No sé que voy a poder hacer. Pero a pesar de todo, la gloria está al final del camino, si no importa.

La odio a ella por no haber podido vencer a su propia conciencia y a sus falsas libertades. La odio porque me demostró demasiado rápido que me quería y me deseaba, pero después no supo responder a estas demostraciones. La odio porque no las supo demostrar, pero ese día se fue cargando con ellas para su cama. Yo la quiero muchacha estúpida, ¿no se da cuenta? Pero apartándonos de eso la odio porque me originó un problema el berraco y porque siempre se iban con mis palabras, con mis gestos y mis caricias, con todo… otra vez para su cama. Pero, tal vez, para nosotros exista otra gloria al final del camino, si es que todavía nos queda un camino… quién sabe…

Odio a todas las putas por andar vendiendo añoraciones falsas en todas sus casas y calles. Odio las misas mal oídas… Odio todas las misas. Me odio, por no saber encontrar mi misión verdadera. Por eso me odio… y a ustedes ¿les importa?

Sí, odio todo esto, todo eso, todo. Y la odio porque lucho por conseguirla, unas veces puedo vencer, otras no. Por eso la odio, porque lucho por su compañía. La odio porque odiar es querer y aprender a amar. ¿Me entienden?. La odio, porque no he aprendido a amar y necesito de eso. Por eso odio a todo el mundo, no dejo de odiar a nadie, a nada…

A nada

A nadie

Sin excepción!

Andrés Caicedo

Canción para un niño boliviano que nunca vio la mar

Y como te lo digo, y con qué humedad de letras te lo narro, chiquito llocalla, pelusita paceño que nunca estuvo frente al estruendo salado de la planicie oceánica. Como hacértelo ver niñita imilla en estas letras, si nunca fuíste testigo de esa música y sus olas crespas chasconeando el concierto de la bella mar. Como te lo cuento, niño boliviano, como alargo la palabra m-a-r, y que ahorita zumbe en tus oídos como mil abejas moluscas, como millones de susurros que salpican tu carita morocha con su aliento materno-mar-tierno-mari-maternal. Esta es una carta dirigida a tus ojitos oblícuos que de mil maneras intentan imaginar ese gran charco azul que, no es como te lo cuenta la profesora en el colegio comparando la parte mas extensa del Titicaca, esa zona donde el cielo se recuesta sobre las aguas verde musgo, donde no hay cerros y el horizonte desaparece en esa lama esmeralda que, de alguna manera, también semeja un ojo de mar. Tampoco es similar a esa caricatura Whalt Disney que te muestran en la escuela boliviana, con peces de colores saltando por todos lados, con bañistas y quitasoles eternamente en vacaciones de verano, con arenas doradas y olas turqueza en un exceso de pedagógica idealización. Como te lo explico chiquito llocalla, mejor te cuento mi experiencia de niño cuándo por primera vez me encontré con el milagro marino. Vivía con mi familia en Santiago, y como niño pobre tuve la experiencia recién a los cinco años. En mi población se organizaban paseos a la playa por el día en enero o febrero, íbamos en micros que contrataba la Junta de Vecinos o el Club deportivo y cada familia se preparaba días antes para el acontecimiento. Recuerdo que la noche anterior los niños no dormíamos excitados por las expectativas del paseo. Mi madre en la cocina preparaba un pollo, hervía huevos duros, y zurcía los trajes de baño pasados de moda, desteñidos, con los elásticos sueltos por el uso familiar. Salíamos de madrugada en la micro vieja que siempre quedaba en pana en mitad del viaje. Y allí en la carretera, eran horas que debíamos esperar al chofer que solucionara el desperfecto. Casi al medio día, recién cruzábamos la cordillera de la costa, y entonces, antes de verlo, el mar nos llegaba en la brisa fresca y en ese olor a yodo que anunciaba la salada presencia. Y en un recodo, al doblar una curva, el dios de las aguas nos anegaba los ojos con su azulada inmensidad. Era tan fuerte la impresión, que no podía compararse con mil lagos, ni con mil ríos, ni siquiera con las cataratas de la inundación invernal. Hasta ese momento, nunca antes tuve la sagrada conmoción de esa inquieta eternidad, solamente la visión del cielo podía asemejarse a ese momento. Era como tener el cielo derramado a mis infantiles pies. Era como ver el cielo al revés, un cielo vivo, bramando, aullando ecos de bestias submarinas, un cielo líquido que se extendía como una sábana espumosa mas allá, infinitamente lejos hasta donde mis ojillos de niño pobre no podían llegar. El resto del día playero, transcurría como una película vertiginosa; todo era correr, jugar, hacer castillos que desmoronaba la marea , mojarse el poto en el agua como témpano, comer pollo masticando arena, quemarse como jaibas para demostrar que fuimos a la costa.

Todo era así, rapido como película de Chaplín, y luego, cansados de tanto gueviar, regresabamos en la misma micro escuchando los quejidos de insolación que emitían los curados dormidos a pleno sol. En realidad ese paseo de pobres, era una tortura, un día agitado de maratónica playa. Aún así pequeño niño boliviano, te puedo contar como conocí la gigante mar, y daría todo para que esta experiencia no te fuera ajena. Incluso, te regalo el metro marino que quizás me pertenece de esta larga culebra oceánica. Tanta costa para que unos pocos y ociosos ricos se abaniquen con la propiedad de las aguas. Por eso , al escuchar el verso neo patriótico de algunos chilenos me dá vergüenza, sobre todo cuándo hablan del mar ganado por las armas. Sobre todo al oír la sobervia presidencial descalificando el sueño playero de un niño. Pero los presidentes pasan como las olas, y el dios de las aguas seguirá esperando en su eternidad tu mirada de llocalla triste para iluminarla un día con su relámpago azul.

 

Pedro Lemebel.

Del libro “Adiós mariquita linda”

 

MINERÍA O MUERTE

No cambiemos el clima, cambiemos el sistema

y comenzaremos a salvar el planeta.

Hugo Chávez Frías.

 

Aun no nos recuperamos de los embates del cambio climático, y se firma un decreto que según expertos se traducirá en 80 mil millones de dólares de ganancia para la nación. Todo bien, cuando solo se piensa en dinero, atentando contra la vida, la biodiversidad y el desplazamiento forzado de nuestros hermanxs indígenas, en nombre de no sé qué desarrollo. Reflexionemos, hace muy poco culminó un decreto de emergencia eléctrica, dado al embalse Guri, ubicada en el estado Bolívar, segunda central hidroeléctrica más grande de América, tenía sus niveles de agua en su fase crítica, esto genero una deficiencia en la producción hidroeléctrica que afectó directamente el sistema energético del país. En Venezuela el 70% de la energía se genera por hidroelectricidad y el 60% la consume el sector residencial, falla atribuida al fenómeno natural, “El Niño, la Niña” como lo quieran llamar; el daño que le hacemos al ambiente tiene un coste irreversible.

Posteriormente el presidente Nicolás Maduro, anunció la firma de un decreto especial para la protección de cuencas y ríos del CHARCO MINERO, risible seguir haciendo leyes cuando las que existen no se cumplen y por último; informó sobre la elaboración de un decreto especial para prohibir el uso de mercurio en la explotación minera. ¿Panxs a qué coño estamos jugando?

Inventamos o Erramos!!! Decía el maestro Simón Rodríguez. No podemos resignarnos a la destrucción de lo que realmente es necesario para nuestra humanidad: alimentos, energía, agua y salud. La aberración del proyecto del CHARCO MINERO.

El Motor Minero forma parte de uno de los 14 motores que fueron creados en la Agenda Económica Bolivariana que diseñó el presidente Nicolás Maduro para reimpulsar la economía venezolana. Dato curioso: gobierno y oposición por primera vez se ponen de acuerdo en el ecocidio del CHARCO MINERO, 111.843 kilómetros divididos en la cuenca del Caroní, Sierra de Imataca, Guanay, La Paragua y El Caura entregados a 150 empresas de diversas latitudes para la explotación y extracción de diversos minerales tales como coltán, diamante, oro aluvional, hierro, plata y la bauxita.

Aproximadamente 12% del territorio nacional, nada mal para estos patriotas que del rentismo petrolero saltan al rentismo minero, y que solo se traducirá en volver lícito el bandidaje y el pillaje en una de las reservas más importantes de biodiversidad del mundo, que junto al Amazonas compone uno de los más significativos pulmones de la tierra.

Es hora de discutir los peos reales del país, y pasar a un segundo plano superficialidades como la muerte de un pram, que tiene cobertura en los medios hasta de una semana, los bingos bailables donde nos invita la Juventud del Partido o ese exilio voluntario tan en boga que reduce la militancia a las redes sociales desde la comodidad de un sofá.

Recuerden no es crisis sino estafa, y si así lo fuera, esta “crisis” es más mental que monetaria. En este país inverosímil, la gente se está muriendo de hambre al punto de creer que estamos en una “crisis humanitaria” si, porque todo es “crisis”, y usa teléfonos celulares de hasta 500 millones, parafraseando al pana Luis: “son vainas de progres”.

Ya veremos los pájaros de la miseria, posados en el arco minero trinando “MINERÍA O MUERTE”.

GELINDO CASASOLA: POESÍA Y VIDA…

Gelindo Casaola, nombre literario de Gelindo Tarcisio Callígaro Casasola. Nació en Udine (Italia), región fronteriza con Austria, el 15 de febrero de 1956 y emigra junto a sus padres el año siguiente a los Andes merideños. Lugar donde se instalaría junto a su familia. Inicia sus estudios de primaria y secundaria en el Colegio La Salle, para luego ingresar a la Facultad de Humanidades, Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes donde se licencio en la especialidad de Literatura Hispanoamericana.
En su época en la universidad edito una especie de Fanzine, que llamo con el sugestivo nombre de “La Gallina Pelada” cinco números vieron luz, pero lastimosamente no hay rastros de tan valiosa publicación alternativa, donde el joven poeta mostró su inconformismo y su labrada religiosidad por la poesía. Según amigos íntimos poseía un gran bagaje cultural, consideraba a Mérida como un lugar necesario para el SER. Precisamente esa búsqueda –unidad– con la naturaleza le valió el apodo del “honguero iluminado“. Formo parte del grupo de la Revista Laurel, junto a los poetas: Arnulfo Poyer, Roldán Montoya Deceda (Mayo), Senecio Márquez Sosa, Pablo Moncada con colaboraciones de Aladym, Henriette Arreaza, Alexis Vásquez Chávez, Le Comte Bleu D`Autre Soleil, Miguel Montoya, Lucilo José Zerpa, Iris Martínez, Orlando Machado, Gonzalo Poblete, Esther Paglialunga, Leonardo Nazoa, Freddy Torres, Gabriel Pilonieta, Sonia Sanoja, Luis Belisario y Carlos Danez entre otros. El primer número de la revista Laurel se fecho en 1979 el siguiente año salieron dos ediciones más y se habla de un cuarto y quinto número que quedaron inéditos.
Pasturas su primer libro publicado en 1979 por Fundarte, confirmaba así el gran lírico que era dado a su depuración del lenguaje y lo hacía heredero de una poética con una musicalidad inusual en Venezuela, amante de Garcilaso y Rubén Darío. Según palabras de su amigo Gabriel Pilonieta: “Cultivaba con mayor esmero y cuidado su vocación por la poesía. Esa fue su vida: la poesía. Por eso pienso que al haber entrado en conflicto con la poesía tuvo para él consecuencias muy graves; antes de tomar la terrible decisión de quitarse la vida había llegado a la conclusión de que la poesía no servía para nada”.

Vale decir que una crítica malsana y reduccionista a su primer libro publicada en El Papel Literario del Nacional, en marzo de 1980 constituyo un duro golpe al poeta. Su muerte se convirtió en una suerte de leyenda en la ciudad andina que opaco por decirlo de una manera “una obra de incalculable carácter y trascendencia” como afirmó Luis Alberto Angulo, en el prólogo a Argonáutica, libro que reunía su obra completa editada por El Fondo Editorial Pie de Monte. Los cuales se constituían el mencionado Pasturas (1979), los póstumos El honguero apasionado (1991) y otros desperdigados en revistas regionales.
Sin duda una gran pérdida que nos remite a buscar y leer con efusividad este joven maestro que a través de sus letras nos cantó los hermosos paisajes merideños, una estética que perseguía la elevación del ser y el espíritu y su vinculación con el paisaje natural. Estamos en deuda con este Rapsoda, y saludamos la publicación de “Espacios” una selección de sus poemas por Stephen Marsh Planchart y Daniel Arella, por la Fundación Editorial El Perro y La Rana. Como cantaba Calígaro:
“Tal un paisaje vespertino.
Son los paisajes más hermosos.
Así me retiro de la comedia”.
Salud poeta

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